CURSO DE VERANO – JULIO 2021

¿Sabes qué es una “Pistola de Chejov”? ¿La regla del 3 en comedia? ¿Un topper? ¿Un pulso dramático? ¿Un desencadenante difuso? ¿Cuántas tramas maestras hay? ¿Cuándo es posible un protagonista pasivo? ¿Cómo funciona la ironía dramática? ¿Qué es eso del subtexto? ¿Un intercut? ¿Hay vida fuera de la estructura en tres actos?

Estas son sólo algunas de las cuestiones que nos salen al paso cuando empezamos a escribir en serio. Seguramente tenemos una idea bastante aproximada de hacia dónde queremos ir, pero nos encontraremos con muchas dudas acerca de si estamos siguiendo el mejor camino.

Por desgracia, en ningún sitio está escrito, de manera definitiva, cómo se deben hacer las cosas. Hay, y no es poco, una experiencia acumulada acerca de lo que ha funcionado y lo que no. Pero, por suerte, es esa carencia la que nos permite seguir experimentando y ampliando nuestros recursos. Al final, no necesitamos leyes, sino una buena caja de herramientas.

Nuestro mejor aliado a la hora de llenar esta caja es el estudio del repertorio, es ver y analizar aquello que han hecho quienes nos precedieron. Y estar atento a las novedades que nos ofrecen nuestros contemporáneos.

Al escribir, siempre vamos a pisar un terreno movedizo e inseguro. Pero, con el ejemplo de los maestros, nos sentiremos menos solos. ¿Te animas a dar una vuelta por este maravilloso territorio?

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Escarlata O’hara y los pianos de Pekín

No hay acorde más impresionante que el que produce un piano de cola al arder. Dura sólo un instante, el instante en que estalla entre llamas el bastidor que sujeta y tensa todo el cordaje y todas la cuerdas ceden y suenan a la vez, antes de morir. Yo lo escuché una vez, cuando se quemó el teatro El Micalet, en Valencia, cerca de mi casa.

Multiplíquese ahora por mil, o por miles, ese acorde. Sucedió. Sucedió en Pekín y otras ciudades de China en 1966. Pasaron años antes de que volviese a sonar un piano en el país del dragón y la flor del loto.

2020. La primavera se acaba y empezamos a salir al exterior. Con nuestros guantes y mascarillas y las ganas de vivir que hemos reprimido durante tantos días. Quizá pronto volvamos a escribir – o más bien a vender, porque hemos seguido escribiendo- nuestras historias durante los días de encierro.

Fuera nos esperan noticias buenas y malas. Y noticias discutidas. HBO retira de su catálogo Lo que el viento se llevó. Dicen que, en breve, Escarlata O’hara jurará no volver a pasar hambre, mientras Atlanta arde y Rett Butler , a quien todo le importa un carajo, se porta mal con ella. Pero volverá llevando un cartel que nos advertirá de que aquello no puede volver a repetirse, de que Mammie puede y debe aspirar a más que a apretarle el corpiño a la señorita.

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Lo cierto es que las nietas de Mammie, algunas, ya se sientan en el Senado y el Congreso, en el Tribunal Supremo y hasta alguna es broker en la Bolsa de Wall Street. Aunque eso no lo resuelve todo: otras aún limpian la mierda de las señoras blancas que las emplean. En eso republicanas y demócratas van a la par: las necesidades del servicio no tienen color político. Aunque si aroma de clase alta: la izquierda champany y la derecha barbacoa se intercambian teléfonos de chicas negras de confianza.

Y, más urgente y doloroso aún, estamos a la espera de que los cops no descarguen su peso y sus rodillas sobre el cuello de nadie. La indignación derriba estatuas. Cayó la de Colón y, un día de estos, esperamos que caiga también de G.A. Custer. Es lo justo.

Un columnista lanza sus dardos contra el viejo clásico de Hollywood desde su salón, tecleando en su Mac. Mientras, a pocos metros de este justiciero, la Mammie de turno (o la Lupita) lava los platos o cambia los pañales del heredero, que una cosa no quita la otra. El dardo vuela con los vientos de la historia – y de la histeria- a favor. Y da en la diana.

En HBO un comité de sabios elabora el texto que precederá a Gone with the wind en su retorno. Midiendo, por supuesto todas y cada una de las palabras. Difícil tarea, pues hay que restituir el honor perdido de los habitantes de Tara sin causar nuevas víctimas entre las sensibilidades heridas entre campos de algodón y música de blues. Y eso requiere un exquisito sentido del equilibrio.

Al otro lado del Atlántico, J.K. Rowling es acusada de tránsfoba. Y Tolkien de poco diverso. Woody Allen no encuentra editor para sus memorias entre las grandes empresas del ramo. Y me dejo por ennumerar, parafraseando a Don Antonio, “algunos casos que recordar no quiero”.

La Academia de Hollywood advierte: aunque habrá aún moratoria en 2021, sepan todos que no podrán ya optar al Óscar aquellas películas que no tengan un tratamiento adecuado de la diversidad. No sé si esto se aplicará también a la película nigeriana que pudo optar a mejor película extranjera en la que apenas salían blancos.

Uno no puede dejar de acordarse que aquel Código Hays, vigente entre 1934 y 1967. No se puede negar que era un código con artículos divertidos: “En lo sucesivo queda prohibido mostrar a las mujeres quitándose las medias. Nunca un hombre deberá quitar las medias a una mujer”. Otros, sin la contrapartida humorística, de humor involuntario se entiende, marcaban muy claramente el terreno: “Los géneros de vida descritos en la película serán correctos, teniendo en cuenta las exigencias particulares del drama y del espectáculo”.

En realidad, me pregunto si hay tal necesidad de codificar por escrito las nuevas normas. O de darles una eficacia penal. Ya hace tiempo que se juzga y condena, sin apelación posible, sin abogado defensor, sin alegatos contradictorios. La sociedad, las redes, juzgan y ejecutan a diario. Los inquisidores y verdugos se ofrecen voluntarios a miles, tan inflexibles como ocultos bajo pseudónimo. La denuncia anónima ha vuelto por la puerta grande, la presunción de inocencia murió sepultada por la ira, por la falta de matices, por los contextos mal entendidos. Ser señalado puede equivaler a la muerte civil, sepultado por miles de twitts acusadores, sin mayor trámite ni garantía.

Y la paradoja es que, todo esto, viene de la mano de una supuesta voluntad de conseguir una sociedad más libre y más justa. Pero en lugar de aire puro, lo que nos llega a los pulmones del alma es el aire fétido de la delación, de la sospecha generalizada.

En nombre de la renovación de los viejos vicios, en nombre de una nueva y mejor vida para el pueblo, se lanzó en China, allá a mediados de los 60, la llamada Revolución Cultural. No ignoro que este movimiento histórico tuvo una génesis compleja a la que no fueron ajenas las luchas de poder internas del Partido. Dejemos este análisis a los especialistas.

Lo cierto es que sus consignas sonaban muy bien. ¿A quién no puede apetecerle un mundo nuevo? El movimiento se articuló en torno a la lucha contra “Los cuatro viejos”. A saber: Viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos, viejas ideas… No suena mal.

Pero se lo tomaron tan, tan al pie de la letra que el resultado fue una etapa de represión como jamás se había conocido en el país, ni bajo el más cruel de los mandarinatos. Miles de intelectuales fueron desposeídos de sus cátedras, de sus laboratorios, de sus empleos… y enviados a campos de reeducación, en donde alternaban los trabajos forzados con la lectura obligada del Libro Rojo de Mao, compendio de todo lo que un chino de bien necesitaba saber. Antes de su llegada al campo, eran paseados por su ciudad, con carteles infamantes colgados del cuello, mientras recibían los insultos y escupitajos de los que habían sido sus vecinos, amigos y compañeros. Y muchos de ellos terminaron muriendo enfermos y hambrientos en los barracones en los que fueron recluidos.

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Los Guardias Rojos, la fuerza de choque juvenil, arrasó viejos templos y monumentos, derribó estatuas, quemó libros y manuscritos… nada de ello iba a tener ya cabida en la nueva China, liberada de la podredumbre burguesa.

Y los pianos… los pianos representaban el instrumento por antonomasia de esa vieja música decadente y extranjera, el piano era una de las principales armas de penetración de las ideologías imperialistas, nocivas para la salud ideológica de obreros y campesinos leales a la revolución. ¿Qué podía ofrecerles Chopin, ese degenerado?

El Conservatorio de Pekín fue asaltado y todos sus pianos fueron quemados. Y, en pocos días, la furia se extendió por otros centros de enseñanza, por todos los teatros y auditorios. En toda China no quedó un piano vivo. Y tardaron muchos años en volverlos a tener. Y más aún en volver a formar la magnífica escuela de pianistas chinos de los que hoy disfrutamos.

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Llamadme exagerado. Y, seguramente lo soy: exagerado y alarmista. Pero no puedo evitar, a día de hoy, leyendo los periódicos o visitando twitter, y otras redes, que me venga a la nariz el olor a censura, a delación y a piano quemado.

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Tula, la madre virgen.

En 1964, Miguel Picazo llevó a la pantalla la adaptación de La Tía Tula, novela original de Miguel de Unamuno. A diferencia del libro, que narra toda la historia de Tula y de su hermana Rosa desde la niñez, la película abarca unos tan sólo unos pocos meses, los siguientes a la muerte de Rosa. La película está protagonizada por Aurora Bautista y Carlos Estrada.

La actriz, de formación teatral, ya se había consagrado como una estrella tras su primera película, Locura de amor, film romático-patriótico de Juan de Orduña sobre las desdichas de Juana la Loca. Pero fue La Tía Tula la que ha hecho que hoy aún recordemos a Aurora Bautista como la excelente actriz que fue.

Pero es que el personaje de Tula es un regalo para cualquier actriz: compleja, fuerte, contradictoria, estricta, generosa, creyente, libre… no es una amalgama caprichosa. Es una mujer con  personalidad y energía, que se debate entre el conservadurismo de su educación y su medio, de una parte, y, de otra, con una sensualidad que la censura de la época apenas dejó entrever en el subtexto. De las escenas suprimidas, irrecuperables ya, sólo han quedado algunos sugerentes fotogramas.

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Tula, rayando los 40 y soltera, se hace cargo, a la muerte de su hermana Rosa, de Ramiro, su cuñado viudo, y sus dos sobrinos. Ramirín y Tulita. Los niños, aún apenados por la muerte de la madre, encuentran en el cariño de Tula el mejor remedio. Ramiro se encuentra con alguien que le limpie, le cocine, le planche y le cuide a los niños.

Pero la convivencia no es fácil. Tula interpone un escudo protector entre ambos. Por respeto a la memoria de su hermana, pero también para protegerse de sí misma.  Así reprochará a Ramiro que ande por la casa en camiseta, con los hombros y los brazos desnudos, y le obligará a ponerse una camisa. Precauciones que no la librarán de los intentos de Ramiro, incluso con violencia uno de ellos, de convertirla en la sustituta de Rosa.  Tula, frecuentadora de la parroquia, pide consejo a su confesor.

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Y el consejo es el mismo que le dan las amigas: “Cásate”. Dos adultos de distinto sexo que comparten vivienda son una fuente constante de peligros morales. Y luego está el qué dirán, que no era cuestión menor en una pequeña ciudad de provincias de la España de 1964. Pero Tula tiene una idea muy clara: “Yo no soy el remedio de nadie”.

Aquí, la Tula “beata” se nos revela como una mujer con criterio independiente, que dejará a un lado el consejo del confesor. Tula no está dispuesta a entregar su vida a nadie (salvo al cuidado de sus sobrinos), ni por habladurías ni por calmar la libido de Ramiro, siempre despierta.

Pasan los meses y la situación parece calmarse.  Las vacaciones, en el pueblo de unos parientes, son un respiro para todos.  Tula, pasado el luto, se atreve, incluso, a descubrir sus piernas y tomar un poco el sol cuando van todos a bañarse al rio. El trato entre Tula y Ramiro parece más relajado y cordial y se permiten pequeñas bromas. Lo que Tula no sospecha es que, una noche, Ramiro se cuela en la habitación de la prima Juanita (Enriqueta Carballeira), aún una adolescente.

De vuelta a la ciudad, Tula empieza a mostrarse como una mujer distinta, más alegre. Se arregla, deja atrás las ropas negras, se maquilla, usa sus joyas… Incluso se toma un par de copitas en la despedida de soltera de una amiga y vuelve un poco “alegre” a casa. Y es, a la vuelta de esa fiesta, donde Ramiro la espera para darle la noticia.

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El resultado de aquella excursión nocturna al dormitorio de Juanita ha sido un embarazo. Ramiro se pone en manos de Tula: “Haré lo que tú me digas que haga”. Pero Tula es muy clara: “Cumple como un hombre”.

Pero Tula queda destrozada. Ramiro, que trabaja en un banco, pide el traslado a otra ciudad, donde nadie les conozca, para vivir allí tranquilo con Juanita y los niños. La reacción de Tula es tan desgarrada como inútil: “No te llevarás a los niños, los niños son míos.” Pero Tula no es su madre y no tiene ningún derecho sobre ellos. Prometen visitarla en verano, pero Tula ya no volverá a ser para ellos la madre sustituta que se había acostumbrado a ser. Y que llenaba su vida.

No sé si es muy procedente, desde 2020, hacer una lectura “feminista” del personaje. O si. Tula es una mujer autosuficiente. Aunque no trabaja, tiene sus propios ingresos: vive de unos alquileres, seguramente de fincas heredadas de sus padres. Es mujer de iglesia, pero es muy capaz de desoír los consejos del sacerdote si van contra su forma de ver la vida: Tula no quiere un hombre a su lado, salvo que ambos se quieran de verdad. Lo que aún no ha sucedido y será difícil que suceda ya. No quiere meterse a nadie es su cama ni por conveniencia ni por cotilleos, ni por soledad. No busca una pareja a cualquier precio. Y si lo que se le presenta no la seduce no le importa seguir soltera.

Pero, y esta es la gran contradicción de Tula, sí quisiera ser madre. La madre de sus sobrinos, a los que adora. Lo que ha podido ser por un breve tiempo. Y que podría haber sido para siempre si se hubiese plegado a la opinión de las amigas, al consejo del cura, a los deseos del cuñado… Pero puso sus principios por delante y lo ha perdido todo. Quiso ser la madre virgen y eso, en aquella sociedad, era imposible.

Un gran personaje, literario o cinematográfico, es siempre una gran herida íntima. Y Tula, que la tiene y bien profunda y sangrante, es uno de estos personajes por los que uno daría su carrera, como escritor o actor. Un personaje, además, de los que se cuecen a fuego lento, en su propio jugo. Los mejores. Y Aurora Bautista lo bordó.

Un gran clásico, en fin, de esa edad de oro, pese a censuras y dictaduras, del cine español. Si no la habéis visto, no os la perdáis.

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Una confusión frecuente

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Cuando,  al inicio de alguno de mis cursos,  explico la estructura en tres actos, me he dado cuenta de un error muy frecuente: son muchos los alumnos, incluso los ya titulados en Comunicación Audiovisual, que no tienen muy clara la diferencia entre “incidente desencadenante” y “primer punto de giro”. De hecho, suelen identificar como punto de giro lo que en realidad es el desencadenante. Nunca la equivocación es en el sentido contrario.

Que el error sea tan frecuente y siempre en el mismo sentido da que pensar. La definición clásica viene a decirnos que, de los muchos giros que se dan en una historia, hay dos especialmente importantes: los que dan paso del primer al segundo acto y del segundo al tercero. O sea, el primer y segundo puntos de giro. ¿Pero son realmente los dos giros “mayores” en una historia? ¿Los de mayor peso dramático? Tengo mis dudas.

Veamos un ejemplo muy claro: la película Ladrón de bicicletas, rigurosamente clásica y un ejemplo perfecto de estructura en tres actos.  Al final del primer acto le roban su bicicleta al protagonista, Antonio Ricci, un trabajador muy humilde que ha pasado largo tiempo en el paro. Sin la bicicleta va a perder el nuevo trabajo que, por fin, había conseguido.

Desesperado, con su hijo de la mano, recorrerá durante todo el día siguiente los rastros y mercadillos de Roma, con la esperanza de recuperarla. Toda esta búsqueda conforma el segundo acto.  El primer punto de giro, pues, es el inicio de la búsqueda. Si Ricci no se pone a buscar, si se encierra en su casa a llorar su desgracia, no hay segundo acto. No hay película.

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Parece evidente pues que este “ponerse a buscar” tiene un carácter más mecánico que dramático. Es un paso necesario para que la historia continúe. Pero la carga emocional, el momento que el espectador percibe la gravedad de la situación, nos la da el momento mismo del robo. Especialmente cuando el primer intento de perseguir al ladrón resulta fallido. Normalmente, el primer punto de giro, necesario pero instrumental, no tendrá más fuerza dramática que un buen desencadenante.

Creo que esto explica fácilmente la confusión. Percibimos como mucho más significativo e intenso el desencadenante. Y, puesto que nos han hablado de la importancia enorme del primer punto de giro, acabamos pensando que está ahí.

Los giros de mayor importancia en una historia no pueden ser otros que el desencadenante y el clímax, el origen del conflicto y su resolución. De uno a otro punto vuela la flecha de la cuestión dramática: ¿Conseguirá Antonio Ricci recuperar su bicicleta? No, no lo conseguirá y tendrá que pasar por el tristísimo momento de intentar robar otra. Y le atraparán y humillarán delante de su hijo.

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¿Qué son entonces el primer y segundo punto de giro? ¿No tienen importancia? Pues claro que la tienen: son ni más ni menos que las puertas que abren y cierran el segundo  acto. Lo que en ellos sucede puede tener gran interés dramático, por supuesto, pero sobre todo son una necesidad mecánica: si estas puertas no existen no hay historia.

Pero el desencadenante y el clímax son los que nos encogen el corazón, los que nos ponen al lado de ese semejante en apuros que es el protagonista, los que se resolverán en triunfo o fracaso. Desencadenante y clímax son los verdaderos giros mayores de una historia.

Del segundo punto de giro, que sí  suele ser más intenso, y el paso al tercer acto hablaremos otro día.

 

 

Así que pasen cinco años…

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En el verano del 2015 echamos el cierre a aquella fantástica aventura que fue GuionistasVlc. Durante casi tres años compartí blog con Gabi Ochoa, Martín Román, Chon González, Rafa Ferrero y Héctor Beltrán, aunque sólo Gabi y yo estuvimos desde el primer hasta el último día.

Muchos lo recordaréis porque se convirtió en uno de los grandes blogs de referencia en el oficio. Y muchos, también, fuisteis firmas invitadas. El momento del cierre fue un tanto agridulce. Nos apenaba, pero también nos sentíamos agotados y con ganas de tomar unas vacaciones. Nadie se imagina lo que quema el compromiso que se adquiere con un blog hasta que no le toca vivirlo.

La pausa se hizo más larga de lo esperado y pronto habrán pasado cinco años, como en la obra de Lorca.

Y la verdad es que se echa de menos. A veces es muy ingrato tener que escribir para cumplir con el calendario previsto, pero también era un chute de buena adrenalina leer los muchos comentarios que nos hicisteis llegar. Algunos debates fueron muy interesantes y participaron en ellos unos cuantos “primeros espadas” del guionismo español, además de regalarnos sus ocasionales colaboraciones.

En esos cinco años pasé por la dura experiencia de superar un cáncer: cuatro ingresos, tres operaciones, meses de quimioterapia… afortunadamente me encuentro perfectamente recuperado.

Descubrí, además, el placer de dar clases. Reflexionar sobre la propia práctica, estudiar el repertorio, releer a los gurús y disentir de ellos en no pocas ocasiones… esa cita semanal me dio mucha vida en momentos bajos. Entre mis alumnos hubo de todo: estudiantes o recién graduados de Comunicación Audiovisual, pero también compañeros ya curtidos que quisieron contrastar experiencias. A todos ellos les debo el haber podido depurar mis propias ideas sobre la escritura. Y voy a seguir haciéndolo, mientras el cuerpo aguante. On line o en mi propia guarida, en mi casa.

Así que espero veros por aquí, que me leáis y recomendéis a vuestros amigos, pero también que me discutáis cuando no estéis de acuerdo, que será no pocas veces, porque no hay mejor manera de aprender.

Deseadme mucha suerte en esta nueva etapa. Y un fuerte abrazo a todos.