Una confusión frecuente

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Cuando,  al inicio de alguno de mis cursos,  explico la estructura en tres actos, me he dado cuenta de un error muy frecuente: son muchos los alumnos, incluso los ya titulados en Comunicación Audiovisual, que no tienen muy clara la diferencia entre “incidente desencadenante” y “primer punto de giro”. De hecho, suelen identificar como punto de giro lo que en realidad es el desencadenante. Nunca la equivocación es en el sentido contrario.

Que el error sea tan frecuente y siempre en el mismo sentido da que pensar. La definición clásica viene a decirnos que, de los muchos giros que se dan en una historia, hay dos especialmente importantes: los que dan paso del primer al segundo acto y del segundo al tercero. O sea, el primer y segundo puntos de giro. ¿Pero son realmente los dos giros “mayores” en una historia? ¿Los de mayor peso dramático? Tengo mis dudas.

Veamos un ejemplo muy claro: la película Ladrón de bicicletas, rigurosamente clásica y un ejemplo perfecto de estructura en tres actos.  Al final del primer acto le roban su bicicleta al protagonista, Antonio Ricci, un trabajador muy humilde que ha pasado largo tiempo en el paro. Sin la bicicleta va a perder el nuevo trabajo que, por fin, había conseguido.

Desesperado, con su hijo de la mano, recorrerá durante todo el día siguiente los rastros y mercadillos de Roma, con la esperanza de recuperarla. Toda esta búsqueda conforma el segundo acto.  El primer punto de giro, pues, es el inicio de la búsqueda. Si Ricci no se pone a buscar, si se encierra en su casa a llorar su desgracia, no hay segundo acto. No hay película.

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Parece evidente pues que este “ponerse a buscar” tiene un carácter más mecánico que dramático. Es un paso necesario para que la historia continúe. Pero la carga emocional, el momento que el espectador percibe la gravedad de la situación, nos la da el momento mismo del robo. Especialmente cuando el primer intento de perseguir al ladrón resulta fallido. Normalmente, el primer punto de giro, necesario pero instrumental, no tendrá más fuerza dramática que un buen desencadenante.

Creo que esto explica fácilmente la confusión. Percibimos como mucho más significativo e intenso el desencadenante. Y, puesto que nos han hablado de la importancia enorme del primer punto de giro, acabamos pensando que está ahí.

Los giros de mayor importancia en una historia no pueden ser otros que el desencadenante y el clímax, el origen del conflicto y su resolución. De uno a otro punto vuela la flecha de la cuestión dramática: ¿Conseguirá Antonio Ricci recuperar su bicicleta? No, no lo conseguirá y tendrá que pasar por el tristísimo momento de intentar robar otra. Y le atraparán y humillarán delante de su hijo.

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¿Qué son entonces el primer y segundo punto de giro? ¿No tienen importancia? Pues claro que la tienen: son ni más ni menos que las puertas que abren y cierran el segundo  acto. Lo que en ellos sucede puede tener gran interés dramático, por supuesto, pero sobre todo son una necesidad mecánica: si estas puertas no existen no hay historia.

Pero el desencadenante y el clímax son los que nos encogen el corazón, los que nos ponen al lado de ese semejante en apuros que es el protagonista, los que se resolverán en triunfo o fracaso. Desencadenante y clímax son los verdaderos giros mayores de una historia.

Del segundo punto de giro, que sí  suele ser más intenso, y el paso al tercer acto hablaremos otro día.

 

 

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